Siempre que voy al médico sólo me marco un objetivo: NO LLORAR, pero la verdad es que pocas veces lo consigo. Conforme va pasando el tiempo parece que mejor, que voy aceptando más que allí me ayudan, pero para mi el momento más duro es
ESPERAR EN LA SALA DE ESPERA
No sé por qué, ya he ido miles de veces, pero aún así, cuando estás en la sala de espera te viene todo a la cabeza, esperas en silencio y todo lo que llevas dentro de ti, sale, lo tienes encima, lo sientes, sientes tu dolor, tus miedos, tus angustias, todo, todo aparece ahí en la sala de espera. Es como si mi amiga la infertilidad viniera a recibirme, se sienta conmigo y es entonces cuando la tengo más presente, porque está aquí, está en la silla de al lado.
Y lo primero que yo pienso es ¿por qué estoy aquí? Si de siempre tuve asumido que los embarazos se producían en la intimidad de cada casa, coche o cualquier sitio válido para ya sabéis que. Pero no, yo me encuentro en esta sala de espera sosa, fría, sin alma y rodeada de un montón de personas que por desgracia están como yo.
No soporto la espera, se me hace eterna siempre, siento los nervios en mi piel, intento no llorar y distraerme con el móvil, con un libro pero casi siempre se me hace imposible y sólo ronda por mi mente una pregunta ¿por qué yo? ¿por qué tengo que estar aquí? ¿por qué tenemos que estar aquí todos nosotros? suspiro y peleo, inspiro e intento calmarme, da igual que esté ya en tratamiento, da igual que vaya a buscar un análisis, ese momento en que estoy allí todo me viene a la mente. Pasan por mi cabeza mil imágenes, mil historias, pienso en cuando empecé, pienso en todas las veces que salió mal, pienso en todo el duro camino que aún me queda. Intento no llorar y casi siempre lo consigo, aunque mis lágrimas están por dentro, aunque nadie las vea, yo estoy llorando.
Y miro mi carpetita (la que todas llevamos) con mis papeles, mis pruebas, mis análisis, mis citas y alguna vez las repaso y entonces veo las fechas: 2010,2011,2012,2013 y pienso en cuantas fechas más llenarán esa carpeta, y pienso cuando podré quemar esa carpeta y olvidarme ya de todo.
Y entonces miro a mi alrededor, montones de parejas o mujeres solas, todos nerviosos por dentro, algunos nerviosos por fuera. La gente está en silencio, miran el móvil, hablan en susurros, se tocan las manos y sé que como yo, tienen miedo y sienten que ese no es el sitio donde deberían estar.
Después están esas parejas que van a primera cita, se las reconoce de lejos, porque ella, sí ella, lleva la carta que tanto tiempo ha esperado que llegara, la carta que le dice que ya, que por fin, después de dos o tres años, ya le ha tocado el turno, Y la lleva en la mano, y no la suelta bajo ningún concepto, la agarra como si fuera su más preciado tesoro, la mira y la vuelve a mirar, y yo sé que antes que hoy la ha mirado cientos de veces en su casa, ese pequeño papel que sólo dice un día y una hora y que a la vez dice tanto tanto para nosotras!!!
Y entonces yo pienso, mira ahí está, sé que está ilusionada, y no sabe que cuando entre le va a decir el doctor que aún tiene que esperar otros 8 o 9 meses más. Sé que ahora está ilusionada, pero también sé que cuando salga va a salir con la cabeza baja, o igual llorando otra vez porque tiene que seguir esperando.
Las que están en su primer tratamiento, se las nota animadas, contentas, expectantes, rogándole a Dios y a todos los santos que por fin salga bien.
Y de repente ves llegar a una, que entra como pedro por su casa y saluda a diestro y siniestro y todos la conocen y tú, piensas, bueno y ¿esa quién es? Seguro que es una enchufada, seguro que tiene algún contacto, seguro que su marido es amigo del doctor, pero no, ésa soy yo, y no tengo ningún enchufe ni mi marido es amigo del doctor, SOLO SOY SUPERINFÉRTIL y por eso me conocen, porque he ido cientos de veces, porque he hecho varios tratamientos y sobre todo, sobre todo porque he llorado lo que no está escrito en todos los pasillos y salas de esa planta. Porque he suplicado, porque he implorado y porque me han tenido que consolar cientos de veces, es sólo por eso que me conocen, no por nada más.
Me hubiera gustado ser una de esas pacientes anónimas, de las que nadie recuerda el nombre, porque llegaron, les hicieron un tratamiento, se embarazaron y ya , archivaron el expediente. Otro positivo, otra vida que va a nacer, buen trabajo.
No, pero no ha sido así, yo no he sido de ésas. No, yo siempre tengo que dar la nota, siempre el más difícil todavía, cada vez debo subir más, cada vez debo aguantar más, y vuelvo a preguntarme ¿por qué yo? pero no tengo respuesta.
Y sólo hay un momento en que esa sala de espera cambia y deja de ser la sala de espera sosa y fría, el momento en que a alguien le acaban de dar la noticia de que sí, de que es positivo, de que se ha logrado. Y ves la cara a esa pareja que irradia felicidad, que no se lo pueden creer, que incluso llaman a sus familias, que lloran, que sonríen, que saltan de alegría y que agarran con fuerza ese test de embarazo con las dos rayas más bonitas que nunca han visto y yo los miro desde la distancia y les felicito y pienso que algún día, esa sala también cambiará de color por mi, y se volverá rosa, y mi amiga la infertilidad, se girará, me dirá adiós con la mano desde la puerta y se irá andando despacito para no volver.
No sé cuando llegará ese momento, pero os juro que llegará, para mi y para vosotras. No voy a rendirme y iré a esa sala de espera las veces que haga falta y algún día recordaré con cariño esa sala que tanto me hizo sufrir pero que también será el lugar donde me dieron la noticia más maravillosa de mi vida.
¿Qué os pasa a vosotras por la cabeza cuando estáis en la sala de espera?



